Todos esos días sonaba el teléfono, con extraña suavidad, a la caída del Sol:
"Están todos aquí.
Llegaron sin avisar.
Me mostraron la luz de sus dientes y lo acogedor de sus entrañas.
Duermen en las paredes desnudas, fundidos al ladrillo.
Cada una de sus respiraciones es un temblor ligero que recorre la casa.
Me acostumbro a ellos y acompaso mi respiración agitada a la suya, tan lenta.
Les muestro el humo gris que sale por cada uno de los poros de mi cuerpo.
Como mil espectros de delgadísimas serpientes.
Finalmente me uno a la pared.
Y cada uno de mis pensamientos es aceite de muerto destilado en un horno de cerámica."
Sí. Sonaba el teléfono, con intensa suavidad, cuando la tarde caía. Esos días.
Y alguien, cuya voz me recordaba al vacío de los desmayos, me decía estas cosas.
I.A.

No hay comentarios:
Publicar un comentario