24 de diciembre de 2012

La pauta. Parte Iª.




















Nadie nunca supo la verdad sobre aquel lugar y sus habitantes.
Eran autómatas de carne siempre al acecho de la novedad, lo diferente, lo inesperado.
Todo lo registraban en sus cuadernos de hierro. Lo tallaban con bolígrafos candentes. 
Y se protegían los ojos con aquellas gafas negras como la brea.
Llegabas allí y te diseccionaban con su mirada rotatoria. Como un taladro.
Enseguida algunos desenfundaban sus cuadernos con parsimonia y comenzaban a anotar.
Nadie te hablaba, nadie parecía cruzar su mirada con la tuya. Como si tus ojos no existieran.
Los suyos siempre estaban cubiertos por aquellas gafas y, bajo ellas, por vendas oscuras.
De vez en cuando alguno se quitaba las gafas y las limpiaba ¿quien sabe para qué?
¿Cómo podían ver a través de esas vendas, a través de esos siniestros anteojos?

Aquel lugar parecía tener alguna inmensa pero tenue luz celeste tras las nubes.
No era una estrella como nuestro sol. Era una luz fría que te hacía pensar en tubos de neón.
En amaneceres como sentencias de muerte.

Nadie, jamás, cruzó palabras con ellos. Se pensó que podían ser mudos.
Tampoco emitían sonido alguno. Pero no sólo ellos eran silenciosos.
En aquel lugar el silencio quemaba.
Sólo se podía escuchar el ruido ácido y agudo de sus instrumentos de escritura.
Y un sostenido rumor grave y profundo que venía del cielo, tras las nubes.
Las avenidas era largas, rectas, estrechas. 
Las casas parecían contenedores enormes de metal.
Todas tenían muchas ventanas (escuálidas), salientes para otear y visores en las azoteas.
Las chimeneas eran tan altas que se perdían en los cielos encapotados.

Algunos fuimos decenas de veces. Demasiadas expediciones para nada.
Llevábamos presentes, objetos coloridos y sonoros, cámaras de vídeo y audio, plantas vivas,
libros, linternas, dados, llaves, fotografías y planchas de metal, con o sin símbolos tallados, por si querían comunicarse a su peculiar modo.
Incluso, tras muchas de estas expediciones y apenas conclusiones, nos atrevimos a planear un contacto físico. Pero no pudo ser.
Recuerdo bien cómo fue, las pistas que aquello nos dio sobre esa anomalía terráquea.
Sobre ese lugar aislado al que accedimos por pura casualidad.
Las únicas pistas con cierto peso después de casi un año de visitas.

23 de diciembre de 2012

Cáscara de nuez.


Son muchos los recuerdos que día tras día arden en mi memoria.
Y no hay procesión funeraria, velatorio o música de despedida.
Algún diminuto ritual que me consuele.

A veces atrapo alguno justo antes de la quema y lo saboreo sin prisa.
Y después no se qué hacer con el más allá de archivarlo en el olvido.
O devolverlo al fuego.

Pero no te preocupes porque tu has dejado tu huella en el trigo fresco de mi espalda.
Pasos sonoros en la escalera ascendente de mi columna.
Tu huella, tu marca (el signo de los desvelados), es indeleble.
Se adapta a mi piel, es humo en mis ojos, son caballos de sonido bronco que trotan en mis venas.
La piel tallada por ti. Memorias adimensionales.
Y es que algunos recuerdos no arden.

Tu huella es mi camino y siempre me precede.
Esto es ser parte de alguien.

Siempre supe que sabrías cómo acurrucarte en mi cáscara de nuez.
Para ser la reina de mi universo.
I.A.

Saludo a los pasajeros.


















Lo segundo es un saludo. Una bienvenida.
Seáis quienes seáis, seáis lo que seáis:
rabinos suspicaces, locos de otra galaxia, patriarcas que ven que su tiempo se
acaba, vendedores de máscaras orgánicas, pastores de pastores, iluminados
de turno y de facto, asesinos risueños, hadas borrachas, camaleones
sentimentales, giralunas platicantes, oráculos telepáticos,  boca-culos
patógenos, demonios hastiados de su demoniaquez, bailarines
endemoniados, cosechadores de ideas ajenas, lujuriosos salivantes,
mutantes (estos sobre todo), fantasmas siberianos, aves redentoras de lírica
córvida, madres cenicientas, vibraciones ontológicas, abrillantadores de
sueños, levantadores de plumas, experimentos salidos de madre, atlantes
reencarnados, mezzosopranos de madera noble, puteros cariados, bingueros
empastillados, la ramona pechugona, elitistas intolerantes, re-soñadores de
residuos oníricos ajenos, reyezuelos de polvo y barro, lameculos cosificados
(lógico), centinelas de "la moral", propagandistas de países inventados
(como todos), medusas inmortales (ojalá hablaran), propagadores de guerras
anímicas, eyaculadores de paz, hombres y mujeres de cualquier edad o sin
ella, de cualquier religión o sin ella, de cualquier color o sin el, de cualquier
ideología o sin ideología, de cualquier lugar o sin lugar, seres trisexuados y
seres asexuados, seres....seres...
I.A.

Comunicado.






















Todos esos días sonaba el teléfono, con extraña suavidad, a la caída del Sol:

"Están todos aquí.
Llegaron sin avisar.
Me mostraron la luz de sus dientes y lo acogedor de sus entrañas.
Duermen en las paredes desnudas, fundidos al ladrillo.
Cada una de sus respiraciones es un temblor ligero que recorre la casa.
Me acostumbro a ellos y acompaso mi respiración agitada a la suya, tan lenta.
Les muestro el humo gris que sale por cada uno de los poros de mi cuerpo.
Como mil espectros de delgadísimas serpientes.
Finalmente me uno a la pared.
Y cada uno de mis pensamientos es aceite de muerto destilado en un horno de cerámica."


Sí. Sonaba el teléfono, con intensa suavidad, cuando la tarde caía. Esos días.
Y alguien, cuya voz me recordaba al vacío de los desmayos, me decía estas cosas.

I.A.