Nadie nunca supo la verdad sobre aquel lugar y sus habitantes.
Eran autómatas de carne siempre al acecho de la novedad, lo diferente, lo inesperado.
Todo lo registraban en sus cuadernos de hierro. Lo tallaban con bolígrafos candentes.
Y se protegían los ojos con aquellas gafas negras como la brea.
Llegabas allí y te diseccionaban con su mirada rotatoria. Como un taladro.
Enseguida algunos desenfundaban sus cuadernos con parsimonia y comenzaban a anotar.
Nadie te hablaba, nadie parecía cruzar su mirada con la tuya. Como si tus ojos no existieran.
Los suyos siempre estaban cubiertos por aquellas gafas y, bajo ellas, por vendas oscuras.
De vez en cuando alguno se quitaba las gafas y las limpiaba ¿quien sabe para qué?
¿Cómo podían ver a través de esas vendas, a través de esos siniestros anteojos?
Aquel lugar parecía tener alguna inmensa pero tenue luz celeste tras las nubes.
No era una estrella como nuestro sol. Era una luz fría que te hacía pensar en tubos de neón.
En amaneceres como sentencias de muerte.
Aquel lugar parecía tener alguna inmensa pero tenue luz celeste tras las nubes.
No era una estrella como nuestro sol. Era una luz fría que te hacía pensar en tubos de neón.
En amaneceres como sentencias de muerte.
Nadie, jamás, cruzó palabras con ellos. Se pensó que podían ser mudos.
Tampoco emitían sonido alguno. Pero no sólo ellos eran silenciosos.
En aquel lugar el silencio quemaba.
En aquel lugar el silencio quemaba.
Sólo se podía escuchar el ruido ácido y agudo de sus instrumentos de escritura.
Y un sostenido rumor grave y profundo que venía del cielo, tras las nubes.
Y un sostenido rumor grave y profundo que venía del cielo, tras las nubes.
Las avenidas era largas, rectas, estrechas.
Las casas parecían contenedores enormes de metal.
Todas tenían muchas ventanas (escuálidas), salientes para otear y visores en las azoteas.
Las chimeneas eran tan altas que se perdían en los cielos encapotados.
Algunos fuimos decenas de veces. Demasiadas expediciones para nada.
Llevábamos presentes, objetos coloridos y sonoros, cámaras de vídeo y audio, plantas vivas,
libros, linternas, dados, llaves, fotografías y planchas de metal, con o sin símbolos tallados, por si querían comunicarse a su peculiar modo.
Incluso, tras muchas de estas expediciones y apenas conclusiones, nos atrevimos a planear un contacto físico. Pero no pudo ser.
Recuerdo bien cómo fue, las pistas que aquello nos dio sobre esa anomalía terráquea.
Sobre ese lugar aislado al que accedimos por pura casualidad.
Las únicas pistas con cierto peso después de casi un año de visitas.
Recuerdo bien cómo fue, las pistas que aquello nos dio sobre esa anomalía terráquea.
Sobre ese lugar aislado al que accedimos por pura casualidad.
Las únicas pistas con cierto peso después de casi un año de visitas.

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